
Entre el sensualismo y "Fetasa", por Roberto Cabrera |
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ENTRE EL SENSUALISMO Y “FETASA”
A menudo las personas que siguen los fenómenos culturales o literarios, se plantean en qué pueden diferir los planteamientos de lo que otros llaman generaciones. Muchos jamás han pensado que los individuos o sus pareceres se distingan de los otros como distinguimos a quien lleva o no la raya en el pelo en cualquier lado de la cabeza, ni en enumerar sus semejanzas como en una operación de mínimo o máximo común denominador. Se podrá hablar entonces de las circunstancias que hicieron diferentes a dos generaciones —observación esta histórico-social— o la conveniencia o no a regirse por determinadas pautas en un análisis comparativo. En un amplio sentido no podríamos circunscribir únicamente a los creadores de las islas a esas coordenadas ciertamente estrechas. A pesar del aislacionismo y la lejanía de los centros del exterior, hemos estado abiertos y conectados de muchas maneras a lo acaecido en la totalidad de nuestro planeta. Y aunque los canarios varones por tradición nos conozcamos por las quintas —detalle este bélico y forzado—, vamos a decir, la generación donde siento encuadrarme será aquella ocupada en interpretar las resonancias de los proyectos espaciales Géminis o Apolo y la Guerra de Vietnam como incipiente lector de diarios; acontecimientos que paradójicamente aparecen retratados de forma contigua ya que al parecer los primeros sirvieron para tapar a la opinión pública la segunda. Llegar a la veintena de años recién rebasados los 70, tiene además su natural lectura ya que este asomo al inicio de la madurez tiene su expresiva connotación por la confluencia del llamamiento a filas y la imposición de una segunda personalidad clara. En nuestro caso coincidente con la muerte del general y la verosimilitud de una nueva y cercana contienda, léase marcha verde, donde los canarios pudieran ser movilizados como antaño por las contiendas de Marruecos lo que hubiese resultado esclarecedor si antes no se hubiese borrado su parentesco.
Nuestro sueño americano, no sólo epopeya de la emigración nos habla a pesar de interesadas lecturas, de la lejanía de Europa. El cine, la música aunque lleguen por Inglaterra, hablan en clave negroamericana. En una primera instancia había que acometer la tarea de enfrentamos a la organización social nacida de aquella material explotación del hombre por el hombre. En ello pusimos toda la defensa internacionalista que cupo, aprendiendo los balbuceos de los mítines en los que activamente y como niños que cubren siempre las zonas oscuras de los planes de trabajo, cumplimos en el intento de dar al traste con todo el aparato económico-circunstancial; creciendo en una atmósfera de política sin tanta ficción, hasta donde nadie sabe de cacareada clandestinidad con todas sus luciérnagas. Para no olvidar muy pronto hasta dónde llegaban los márgenes del vasto y redicho proletariado industrial y si no era factible nos incorporaba. La imaginación como forma de liberar al sujeto de la masificación y opresión del racionalismo aquel, entró en nuestros proyectos con tanta fuerza y prepotencia como la otra material lucha, invadiéndonos de rithm’ and blues y música progresiva, contestación y fomento de la individualidad, originalidad y diversidad, llegando a producirse el inevitable cisma con innumerables miembros de la anterior escuela.
Románticos en base a la reivindicación de la imaginación, comenzaría el combate contra la mecanización mental de la persona, alienación, incluso la de tono marxista cuando sólo pretendía el cambio de las condiciones materiales. La percepción de que estos ideales entroncaban con el ardor dio marginalidad intencional de la generación beat americana, no se hizo esperar. Ahora sí que sobraba la raya a uno tu otro lado de la cabeza. Nuestra intencionalidad de cambio social viene físicamente inseparable del ataque a todo racionalismo cartesiano y se vincula inexorablemente a una perspectiva experiencial que rechaza lo que está impregnando esa cultura de autoritarismo y esto no es lo sólo directamente político. La mentalidad cientifista. Ciencia y burocracia, poder eclesiástico y conductismo, y todo aquello que reprime el erotismo (denominado «sensualismo» en uno de aquellos jóvenes manifiestos). La uniformización, la eliminación de la diversidad y la espontaneidad, son estos los constructos mentales del fascismo. La filosofía de los beat declaraba al hombre bloqueado de sus propias percepciones, los umbrales de su sentimiento sellados. ¿Cuál será si la hay, la tarea?
«Tomar por más real el mundo que se desea, que el que se acepta pasivamente». Es este un camino ciertamente ascético, quizá místico, donde se hará necesaria una ascesis que limpie las puertas de la percepción. Primero superando al hombre pragmático común, en su estado de visión singular o sueño de Newton, en la prisión de sus sentidos, su razón o de ambos. Segundo, consiguiendo la visión metafórica de que «las cosas son enigmas a descifrar, cuyas claves desvelan las imágenes poéticas, los símbolos, los isomorfismos». Luego vendrá la procreación de imágenes nuevas, según William Blake «alucinación o demencia, sueño y realidad fundidos, amar o soñar con tanta intensidad —duermevela y navegación en los mares de la realidad— donde las imágenes retornen en luz más real que la del día». Recuerdo sin dificultad el poema de Félix Francisco Casanova donde cita: ...de todo haz un misterio... O la preocupación de Jesús R. Castellano por el tema visionario.
La ascesis fetasiana que como grupo de creadores nos interesó, muestra la certeza de un, paralelismo en el novedoso estudio de reducción fenomenológica esbozado por José Antonio Padrón. La ascesis señalaría una primera actitud natural que es preciso superar mediante el ejercicio de la reflexión hacia la epojé —actitud refleja no interesada— que supone un índice de indiferencia frente a lo supuestamente trascendental. Luego, la reducción fenomenológica propiamente dicha que implica un retorno al mundo como era antes de ser parcelado y tematizado por las ciencias (Reducción Eidética que permite acceder a un conocer universal a través de la intuición pura. Reducción trascendental también, que supone la desaprobación de la ciencia cuando quiere encerrar al hombre en una red de causalidades). El grupo fetasiano, no lo olvidemos, fue tachado de outsider. Y realmente la propia vida de Antonio Bermejo no es otra cosa afortunadamente que un escupitajo a una sociedad que en otros dejó la ceguera del veneno. En el manejo de estos fenómenos de claridad y creatividad, piénsese en los lazos y la amistad que unieron a Arozarena y Félix Casanova antes de la muerte de este último, y a este con otros poetas, no todos necesariamente tocados de su ala, ni cargados de su legado y jamás en la arrogancia de un vacío, como los hechos acabarán denostando.
A la vista de lo anterior cabe inquirirse en que ha devenido lo fetasiano, si en la búsqueda que se continúa de una actitud existencial donde se hace necesario que el hombre se encuentre a sí mismo, o en el redondeo del logro de una vocación de estilo, que ya naturalmente es parte de nuestra moderna historia literaria. La estética fetasiana es continuadora, es cierto, del sentido de protesta y desconcierto, de lo insólito como elemento artístico, pero con el indudable acierto de haber elevado el paisaje a categoría de emblema, personaje o argumento, destacando de entre los posibles los significados más mágicos y, oscuramente magnéticos.
El movimiento, mantenido acertadamente por De Vega y Arozarena, ha venido últimamente a desentrañar las conclusivas figuras de Antonio Bermejo y José Antonio Padrón quienes como colofón estiran el núcleo de influencias hacia el campo del pensamiento así como a una visión (microscópica o cinematográfica) del mundo suburbano, incidiendo en el debate de la literatura canaria con una actitud catártica y no levantando los muros de un nuevo estado de negación de la cosmovisión insular en lo universal de la cultura, a la vez que deja un sedimento y una forma de influencia señalable en la nueva narrativa canaria que los reivindicó entre el solipsismo y el realismo escritural.
Obedeciendo seguramente a ese talante provocativo que siempre ha mantenido lo fetasiano, concurren en los dos últimos números de la revista Fetasa, (subvencionada pero que lamentablemente no logra agilizar sus entregas) varios ensayos que pudieran recalentar el propio cuerpo de los nuevos fenómenos de expresión literaria. Así transcurren desmedidos empleos de conceptos como «periferia» o «marginalidad», que cuando no nos enfrentan a una «normalidad» impuesta, carecen de otra dinámica que no sea la del propio desvaloro, ya que estamos tomando nuestra actitud creativa y nuestras anteriores etapas de discusión por el mismo sitio y desde la óptica del tipismo.
Pero esta joven revista que apenas ha rebasado el segundo número, y que nos propone en el primer trabajo que lo abre, la actualización del buen oficio del narrador y el convencer por la buena interrelación de fondo y forma, sabe perfectamente que la perspectiva futura es ya confusión, eclecticismo y revival en todo el ámbito de la cultura universal ante la muerte, incluso de la actitud, del ideal normativo de las vanguardias. Este estado donde coinciden propuestas diversas y códigos enfrentados, que fomenta por un lado y estimula incluso la búsqueda personal, está siendo anegado por el otro, de diversas formas de engaño comercial: lanzamientos, booms, premios. La superficialidad de algunos trabajos críticos con sus omisiones y descalificaciones, pone a prueba la saludable clarificación de objetivos, la coexistencia de criterios estéticos que permitirían observar con optimismo la perspectiva de la creación literaria. Arte de convergencia de tiempo, formas, espacios, exploración y búsqueda. Ya sea en la vocación de estilo antedicha, el alejamiento de aquel o la fragmentación como forma de atrevimiento que recupera la voluntad de juego del enigma y rechaza la moral del sistema.
Esta sed de autenticidad emprende una tarea de ruptura, incluso con lo fetasiano. Introduciendo, lo lúdico, lo peligroso, e implicando al escritor con todos los puntos, cardinales de la vida, a sabiendas del fracaso social de su rol.
Decía José Vicente Selma que «es la novela el género urbano por excelencia. En lucha contenciosa con la tradición oral, poética, teatral, de la sociedad agraria inmediatamente anterior. Un género oscuro, producto del prisionero, el rebelde, el hedonista; inmersos en los meandros ciudadanos». Ocupan las narrativas de De Vega y Arozarena, lugares fronterizos entre la sociedad agraria y el definitivo florecimiento de la ciudad como centro de poder y jerarquización. Pues no todos los personajes, sobre todo de los primeros textos transcurren en este ambiente urbano. A veces incluso parece que circunvalan la ciudad y la entrevén desde fuera. Son los héroes obsesivos y neuróticos de Bermejo, los más inusualmente oscuros habitantes de fatales barrios (que a veces tan sutilmente quieren pasar por la licuadora aquellos afanosos de la «aldea global» y donde la desesperación habita y late). Pero no pocas veces buscarán autentificarse en esos espacios aún incontaminados ecológicamente. La sociedad canaria en ese tránsito de lo agrario a lo industrial, ha vivido un descoyuntamiento tan acentuado que esta metamorfosis aún no se ha cumplimentado totalmente y su génesis psicológico hasta cierto punto se comenzó a gestar fuera del área geográfica real.
Según Ernest Gellner «contrariamente a la creencia popular, incluso académica, el nacionalismo no tiene unas raíces demasiado profundas en la psique humana. El nacionalismo tiene un profundo arraigo en las exigencias estructurales distintivas de la sociedad industrial. No es un movimiento que sea fruto de una aberración ideológica, ni de un exceso emocional. El movimiento es la manifestación externa de una profunda modificación en las relaciones entre gobierno y cultura, modificación que es además inevitable». Nombro esto, pues la muy reciente era del nacionalismo, en la que estamos de lleno, nos hace traer el tema como un anatema más de nuestra preocupación generacional.
Frente a la tesis de convergencia citada por algunos de estos, siempre bienvenidos por escasos, nuevos críticos, debe exponerse que la humanidad está irremisiblemente entregada a la sociedad industrial. Cierto que la sociedad agraria ha dejado de ser una gran opción. Pero el inicio del industrialismo significa explosión demográfica, urbanización acelerada, penetración de una economía mundial y de un gobierno centralizador. En la era industrial, continúa Gellner, sólo acaban sobreviviendo las culturas desarrolladas. Las culturas populares y las pequeñas tradiciones lo hacen sólo artificialmente, mantenidas por sociedades dedicadas a la conservación de la lengua y el folklore. Pero ¿es esto toda la verdad?, se plantea nuestro autor. No, «la nación se hizo políticamente consciente y activista cuando se convirtió en una categoría visible y desigualmente distribuida en un sistema que por lo demás era móvil. El imperativo de la congruencia entre unidad política — unidad cultural, seguirá teniendo aplicación».
Que la identidad de nuestra cultura no venga dada por unos rasgos diferenciales, donde Isaac de Vega cita que en nuestra escritura como fondo se oye batir al mar, o donde Rafael Arozarena encuentra que comienza la escritura de la naturaleza, la piedra y la lava. Que todo esto sólo provenga del descoyuntamiento de nuestra geografía de la «Unidad Territorial Matriz» como defiende alguno; y que el grave peligro para nuestra generación lo constituyan las tendencias a la «automarginación», parece irrisorio. Hay una lectura interesada que nos quiere a toda costa asimilados al concepto de transición en la vida social española, olvidando asimismo que ciertamente esa España matriz, queda descoyuntada por un caudaloso océano de por medio, con sus ferrys y viajes regulares, frente a las rutas intercontinentales que nos unen motu propio con el ancho y universal mundo.
© Roberto Cabrera
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